Antes de explicar cómo afecta a nuestros ahorros, debemos entender bien el concepto de inflación.

Como ciudadanos vivimos nuestro día a día consumiendo una serie de bienes y servicios,  unos por necesidad y otros por ambición o preferencias personales. Si simplificamos al máximo nuestra cuenta de resultados doméstica, en la partida de ingresos podríamos incluir los salarios que percibimos, y como gastos, la clásica cesta de la compra. Como bien sabemos, nuestros ingresos vienen habitualmente determinados por nuestro salario y por nuestra pericia profesional e inversora. Y nuestros gastos, asociados a unos bienes y servicios y a un determinado estilo de vida, están sujetos a cambios, como en toda economía de mercado.

Los precios aumentan y disminuyen, y se habla de inflación cuando se produce un aumento generalizado de los mismos. La consecuencia de la inflación, de dicho incremento de los precios, es que con nuestros mismos ingresos podremos comprar menos bienes y servicios. En otras palabras, nuestro dinero mengua con la inflación, un euro en 2018 es menos dinero que un euro en 2019 si los precios de la cesta de la compra del 2019 suben.

Para calcular la inflación se tienen en cuenta todos los bienes y servicios que consumen las familias, incluidos:

  • artículos de consumo diario (como los alimentos, el períodico o la gasolina);
  • bienes de consumo duradero (como las prendas de vestir, los ordenadores o las lavadoras); y
  • servicios (como la peluquería, los seguros o el alquiler de vivienda).

En la cesta de la compra se incluyen todos los bienes y servicios que consumen las familias durante un año, cada uno con su correspondiente precio que puede variar a lo largo del tiempo. La tasa de inflación interanual se calcula comparando el precio de la cesta en un determinado mes con el precio de esa misma cesta el mismo mes del año anterior.

Ejemplo de cómo se calcula la inflación*:

Fuente: ECB Web – Banco Central Europeo.

Ahora bien, una vez tenemos una idea general de qué es la inflación y cómo se calcula, debemos saber que tiene un impacto significativo en nuestro poder adquisitivo.

La subida de la inflación afecta inicialmente al poder adquisitivo de los productos de ahorro e inversión bancarios que tengamos contratados. Tener en un depósito bancario a un cierto tipo de interés, para muchas personas, puede resultar una opción segura o rentable. Pero lo cierto es que la inflación actual es un entorno poco favorable para obtener rentabilidades razonables mediante productos bancarios. A excepción de aquellos muy específicos que controlan la inflación, las rentabilidades que ofrecían las cuentas remuneradas o los clásicos depósitos bancarios a tipo fijo ya no se sitúan por encima del índice de inflación y, por tanto, suponen una pérdida del poder adquisitivo.

Podemos ver esto con un sencillo ejemplo de lo que es una inversión bancaria y cómo afecta la inflación a la misma:

Si disponemos de un depósito a un año a un tipo de interés anual del 3%,  la rentabilidad, una vez descontados los impuestos, sería realmente de poco más del 2%. A continuación, debemos calcular también el rendimiento real neto que va ligado a la inflación para así determinar el poder adquisitivo de nuestro depósito a medio y largo plazo. Si queremos que aumente o que no disminuya, ese rendimiento real que obtengamos ha de ser igual o superior al índice de inflación, es decir, en este caso por encima del 3%.

De esta manera, es importante tener claro que todas aquellas inversiones que no superen en rentabilidad a la inflación, una vez descontados los impuestos, nos está provocando un impacto en nuestro poder adquisitivo año tras año. Por ello, debemos estar abiertos a inversiones alternativas que garanticen este umbral sin perder de vista nuestro perfil inversor y nuestra tolerancia al riesgo.

En resumen, si queremos evitar la pérdida de poder adquisitivo debido a la inflación, tenemos que pedirle a nuestras inversiones un retorno mayor a la propia inflación, una vez descontados los impuestos inherentes a dicha inversión.