Antes de explicar cómo afecta a nuestros ahorros, debemos hacer una breve explicación para entender bien el concepto de inflación.

En una economía de mercado los precios de los bienes y de los servicios están sujetos a cambios. Algunos aumentan y otros disminuyen. Se habla de inflación cuando se produce un aumento generalizado de los precios que no se limita a determinados artículos. Como resultado, pueden adquirirse menos bienes y servicios por cada euro, es decir, cada euro vale menos que antes.

Para calcular la inflación se tienen en cuenta todos los bienes y servicios que consumen las familias, incluidos:

  • artículos de consumo diario (como los alimentos, el períodico o la gasolina);
  • bienes de consumo duradero (como las prendas de vestir, los ordenadores o las lavadoras); y
  • servicios (como la peluquería, los seguros o el alquiler de vivienda).

La cesta de la compra representa todos los bienes y servicios que consumen las familias durante un año. Cada uno tiene un precio, que puede variar a lo largo del tiempo. La tasa de inflación interanual se calcula comparando el precio de la cesta en un determinado mes con el precio de esa misma cesta el mismo mes del año anterior.

Ejemplo de cómo se calcula la inflación*:

Fuente: ECB Web – Banco Central Europeo.

Ahora bien, una vez tenemos una idea general de qué es la inflación y cómo se calcula, debemos saber que tiene un impacto significativo en nuestro poder adquisitivo.

La subida de la inflación afecta inicialmente al poder adquisitivo de los productos de ahorro e inversión bancarios que tengamos contratados. Tener en un depósito bancario a un cierto tipo de interés, para muchas personas, puede resultar una opción segura o rentable. Pero lo cierto es que la inflación actual es un entorno poco favorable para obtener rentabilidades altas mediante productos bancarios. A excepción de aquellos muy específicos que controlan la inflación, las rentabilidades que ofrecían las cuentas remuneradas o los clásicos depósitos bancarios a tipo fijo ya no se sitúan por encima del índice de inflación y, por tanto, suponen una pérdida del poder adquisitivo.

Podemos ver esto con un sencillo ejemplo de lo que es una inversión bancaria y cómo afecta la inflación a la misma:

Si disponemos de un depósito a un año a un tipo de interés anual del 3%,  la rentabilidad, una vez descontados los impuestos, sería realmente de poco más del 2%. A continuación, debemos calcular también el rendimiento real neto que va ligado a la inflación para así determinar el poder adquisitivo de nuestro depósito a medio y largo plazo. Si queremos que aumente o que no disminuya, ese rendimiento real que obtengamos ha de ser igual o superior al índice de inflación, es decir, en este caso por encima del 3%.

De esta manera, es importante tener claro que todas aquellas inversiones que no superen en rentabilidad a la inflación, una vez descontados los impuestos, nos está provocando un impacto en nuestro poder adquisitivo año tras año. Por ello, debemos estar abiertos a inversiones alternativas que garanticen este umbral sin perder de vista nuestro perfil inversor y nuestra tolerancia al riesgo.