Más que las burbujas, las guerras comerciales entre estados, y tantas otras cuestiones que afectan a la economía, el mayor riesgo de la economía mundial actual es el elevado endeudamiento de los estados, la deuda pública mundial.

Antes que el dinero se estableciera como medio de crédito o de pago se utilizaba principalmente el trueque, un sistema costoso y limitado al ser imprescindible una coincidencia de deseos para que el acuerdo prosperase. Más tarde, fue necesario asignar un valor cuantitativo a los servicios y productos para simplificar y facilitar las transacciones, momento en el que se empieza a hablar del dinero tal y como hoy lo entendemos.

Pero, ¿quién iba a entregar un saco de arroz para recibir 3 monedas? Para que esa transacción fuera fiable, esas monedas tenían que oler a algo valioso. En la antigua Mesopotamia, alrededor del año 2500 a. C., se empiezan a utilizar metales preciosos como dinero, y no es hasta el año 600 a. C. que se acuñan las primeras monedas. Se consolidó el uso del oro, la plata y el cobre por las ventajas que ofrecían frente a otro tipo de bienes, utilizándose estos metales por su peso. Pero ese mismo peso que un día otorgó valor a los metales, fue un inconveniente para su almacenaje y transporte al crecer y globalizarse la economía. Así nació el billete, un papel con un pretendido valor, mucho más ligero y con una gran capacidad para circular entre grandes áreas geográficas.

Hoy en día, recibimos un billete de 100 euros y sabemos que eso es dinero, y que tiene un valor de 100 euros. Pero en la China del siglo IX, cuando se usó el primer billete, ¿quién entregaría un saco de arroz a cambio de un papel? En Europa el uso del billete llegó en el siglo XVII, y lo hizo de la mano del cambista Johan Palmstruch, quien los entregaba como recibo al depositar oro u otro metal precioso. Entonces, todo billete tenía su contrapartida en oro y, de esta manera, quien disponía de un billete podía estar tranquilo ya que podía ir al banco central que había emitido ese billete y cambiarlo por su valor en oro. Todos relativamente tranquilos, y así funcionó el sistema monetario durante muchos años.

A partir de 1970 se deja de utilizar el oro como respaldo de la moneda. Fue la administración Nixon en EEUU quien, debido al déficit presupuestario tras la Guerra de Vietnam, desvinculó el dólar del oro para que fuera el propio mercado quien regulara el valor del dólar. Por esas fechas, el dólar como billete generaba tanta confianza que nadie titubeaba al recibir un pago en dicha divisa, hubiera detrás oro o no. Pero esa decisión provocó desajustes en el Sistema Monetario Internacional, causó una fuerte inflación debido a la expansión desmedida del crédito y favoreció una transformación del Sistema Monetario Internacional en un sistema donde los tipos de cambio de las divisas oscilaban según el juego de la oferta y la demanda.

Hubo desde entonces un gran aumento de la emisión de moneda sin un aumento proporcional de las reservas de oro, con el dólar y con todas las demás divisas, también con la peseta y posteriormente con el Euro, y con tantas otras monedas del mundo.

Los estados han estado utilizando estas facilidades para sortear las diferentes crisis económicas, imprimiendo billetes de forma masiva y generando deuda para poder mantener viva artificialmente la economía en tiempos difíciles, en definitiva, ampliando la brecha entre la moneda en circulación y la deuda mundial y su contrapartida en oro, aquel oro que contribuía a la solvencia y confianza del billete.

A pesar de la poca transparencia de los estados, se estima que las reservas de oro actuales rondan los 7,4 billones de dólares. Y según el FMI, el año 2016 se anotó un nuevo máximo histórico de deuda mundial con 164 billones de dólares, que equivalía al 225 % del producto interior bruto (PIB) mundial, y desde 2007, un 43 % del incremento lo genera únicamente China.

La gran diferencia entre las reservas de oro y la moneda en circulación deja huérfana la confianza en las monedas y en el propio sistema, siendo el sobreendeudamiento de los estados y su posible impago el posible detonante de la caída de todo el sistema financiero internacional si una deuda de una estado de referencia no pudiera ser amortizada en una futura crisis.

Si algún día EEUU no pudiera devolver su deuda, ya nadie querría un billete de 100 dólares y probablemente volveríamos al sistema de trueque.

Los estados deberían tomar medidas para controlar y reducir esas deudas, por ejemplo, apelando a la responsabilidad política para evitar la inestabilidad geopolítica, lo que generaría un mayor crecimiento económico; fomentando sociedades formadas, que aumenten las futuras productividades de los estados; luchando contra la economía sumergida para elevar los ingresos públicos; incrementando razonablemente los salarios para provocar un incremento de la inflación saludable; ajustes de reducción del gasto público; incluso quitas de deuda entre países, entre otros. En definitiva, voluntad de todas las partes implicadas.

La deuda mundial es una bomba de relojería que debemos desactivar entre todos de forma progresiva.

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